En los márgenes de la simulación

Cómo el lenguaje, el dinero y la conveniencia configuran una sociedad controlable

¿Alguna vez has sentido que el esfuerzo que pones —en un trabajo, una carrera, una relación o en la escuela— parece no tener un propósito, o se vuelve un esfuerzo insostenible?  ¿O has notado cómo cada vez las cosas son más caras y el dinero rinde menos? Quizás eres una de las millones de personas que sufren de algún tipo de afección psicológica como depresión o ansiedad constantes. Si eres afortunado, entonces quizás tu mayor problema sea un constante e inagotable aburrimiento.

Uno pone su mejor esfuerzo en un trabajo y obtiene un salario que apenas alcanza para pagar las deudas, que siguen acumulándose. Muchos optamos por buscar fuentes de ingreso adicionales, pero incluso así es difícil mantenerse libre de deudas. Hay personas que dependen totalmente del crédito, o de apoyos sociales o familiares, para poder subsistir. Lo inquietante es que las cosas no siempre fueron así.

Hace unas cuantas generaciones, el salario de un trabajador podía mantener a una familia e incluso era común adquirir una propiedad con ese sustento, algo que hoy resulta casi inalcanzable.

Uno puede hacer planes, pero la realidad termina por destruirlos o transformarlos hasta volverlos algo muy distinto. Es como si la realidad fuera un torrente que nos arrastra, a merced de la naturaleza. O peor aún, quizás esa influencia no provenga de la naturaleza, sino de una simulación dirigida, donde lo que producimos y somos vale cada vez menos, o ni siquiera importa.

Y esto no es solo una impresión personal; se trata de una realidad medible y comprensible con instrumentos matemáticos: nuestro trabajo, nuestro esfuerzo y nuestro dinero cada vez valen menos. Esta devaluación se manifiesta claramente en un sentimiento de hartazgo, vacío o sinsentido que algunas personas logramos ahogar pensando en ciertas cosas que aún nos dan sentido al sacrificio y al esfuerzo… pero no todos tienen ese lujo.

Ese contraste revela la grieta en la que vivimos: una existencia que se siente cada vez más endeble y moldeada por fuerzas fuera de nuestro alcance. Como en la caverna de Platón —o, en un ejemplo más popular, como en Matrix—, pero anclada en esta misma realidad. No hace falta una supercomputadora corriendo una simulación: gran parte de esta tarea puede hacerla nuestra propia mente, a través de los sistemas de control y manipulación en los que vivimos inmersos, y que muchas veces ahogamos en vicios, distracciones o satisfacciones superficiales, o distrayéndonos con las vidas —mayormente ficticias— de alguien más.

No quiero sonar pesimista, apocalíptico, negativo o black-pilled, pero estas ideas han rondado mi mente por años, y han afectado directamente mi vida, la de mi familia y la de muchos de nosotros, y si bien estoy seguro de que no soy el primero en hablar de esto, también es cierto que no he escuchado suficiente al respecto. Es una epidemia silenciosa que compartimos. Y si bien la posibilidad de cambiar el mundo es baja, creo que realizar cambios a nivel individual, familiar y comunitario puede marcar la diferencia entre tener una vida basada en la realidad —con sus asperezas y complejidades— o vivir en una ilusión plana y superficial, carente de sentido y que carcome nuestra alma.

Seguramente hay más personas allá afuera que comparten esta perspectiva. O quizás simplemente creas que estoy loco… o peor. Estoy seguro de que me terminaré enterando de muchas opiniones si esto sale bien..

Tampoco busco revolucionar o cambiar el mundo. La idea detrás de esto tiene más que ver con un ejercicio de compartir ideas y críticas que considero pertinentes. Y si bien muchas de estas nos rebasan como individuos, justamente creo que, a partir de nuestra individualidad, podemos construir herramientas para navegar este “torrente”. Porque, aunque se intente controlar, al final la naturaleza siempre es la que está a cargo.


Lenguaje: la niebla del poder

George Orwell, en su famosa novela 1984 —que de verdad vale la pena leer y estudiar—, nos advirtió que el poder no solo se ejerce con armas, sino con palabras. Inspirado en distopías como Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, o La máquina se detiene, de E. M. Forster, creó conceptos como la neolengua (newspeak), que limita el pensamiento; el doblepensar (doublethink), que normaliza contradicciones como “la guerra es paz” —y que tiene cierta relación con el doble sentido característico del humor mexicano—; y el crimen de pensamiento (thoughtcrime), que castiga ideas disidentes o “peligrosas”.

Por otro lado, Aldous Huxley propuso en Un mundo feliz que esta manipulación y control de la mente, el cuerpo y el trabajo no vendrían necesariamente impuestos por la fuerza, sino envueltos en algo mucho más atractivo y deseado por todos. Vamos a desear y buscar la manipulación, el control y el autoritarismo; vamos a ser adictos a ellos. El gobierno no necesitará obligarnos a poner un aparato de espionaje y control en casa casa, sino que los ciudadanos voluntariamente lo llevaremos en el bolsillo y compartiremos voluntariamente cada detalle de nuestra vida.  Todo parece indicar que la realidad tomó lo mejor de ambas distopías para formar nuestro presente.

Y a pesar de lo que preferimos pensar, la manipulación del lenguaje y del pensamiento no existen solo en la ficción. Es un fenómeno presente en muchos episodios de nuestra historia y hoy está más vivo que nunca en el paisaje político y social, tanto nacional como internacional.

En México basta con escuchar a políticos o a los medios masivos de comunicación —en una sospechosa sintonía con el gobierno federal— para reconocerlo. Las masacres se vuelven “hechos aislados” o “riñas entre pandillas”; los desaparecidos son “personas no localizadas”; los enfrentamientos armados se llaman “reacomodos entre grupos”; y la forma más efectiva de discriminar es hacerlo bajo la excusa de la inclusividad o la diversidad. La violencia real bajo la cual vive el país es opacada ante problemáticas fabricadas o descontextualizadas y siempre dirigidas, la “violencia verbal” toma la primera plana y releva la única violencia real, la física, a un par de párrafos escondidos entre cifras manipuladas, publicidad y propaganda. 

Se busca prohibir, limitar o estigmatizar el uso de ciertas palabras, de música, de películas o hasta de memes (básicamente, ideas), como si con esto pudieran censurar también la realidad y moldear el pensamiento. Y lo escalofriante es que parece funcionar muy bien en muchas personas —me atrevería a decir que en la mayoría—, empujando la idea de que la verdad proviene desde el poder, desde arriba, recordándonos otra vez a Orwell con su “2 + 2 = 5”.

En materia económica, el endeudamiento y la compra de votos se presentan como “crecimiento inclusivo” o “justicia social”. Incluso el lema oficial de seguridad —“abrazos, no balazos”— funciona como fórmula retórica frente a un país con cerca de medio millón de muertes violentas vinculadas directamente al crimen organizado desde 2006 y donde las últimas elecciones federales se vieron marcadas por más de 35 asesinatos políticos de candidatos a lo largo de todo el país. 

Palabras como “pueblo”, “diversidad”, “bienestar”, “igualdad” o “inclusión”, que suenan bien y parecen correctas, se convierten en comodines emocionales sin contenido, así como en armas de represión y censura.  El lenguaje bajo este sistema no describe: anestesia, engaña, manipula y envenena. Y en esa erosión de las palabras se erosiona también nuestra capacidad de ver y de orientarnos en la realidad, de entender otras formas de pensar, otras perspectivas, que pienso, pueden estar mucho más ancladas en la verdad.


Economía: el teatro de sombras

La economía global es un teatro de sombras desligado de los recursos naturales y humanos. El dinero ya no se respalda en oro, metales preciosos, producción o desarrollo, sino en el máximo poder: la fuerza, o al menos su amenaza sutil. El monopolio de la violencia estatal, respaldado por amenazas militares y nucleares, sostiene el sistema. Se basa en la fe en su aceptación futura y en el miedo a las consecuencias de rechazarlo. Si uno quiere sonar optimista, podría decir que la economía se basa en la “confianza en nuestros vecinos del norte”.

Entre 1870 y 1914 las principales economías occidentales (Reino Unido, Francia, EE. UU., Alemania) fijaban sus monedas a un valor en oro (un metal precioso estable y duradero que tiene un valor intrínseco y casi universal). Esto daba estabilidad: tú podías convertir tus billetes en oro en el banco central. Durante la Primera Guerra Mundial los países suspendieron la convertibilidad para financiar el gasto bélico con emisión masiva de billetes. Después de la guerra, intentaron restaurar el patrón oro, pero con economías ya desequilibradas.

México fue históricamente un productor clave de plata, y durante mucho tiempo las monedas mexicanas (reales, pesos de plata) circularon en todo el mundo como dinero “duro”. Hasta inicios del siglo XX aún había convertibilidad metálica, aunque debilitada por la inestabilidad política y la Revolución. 

En 1929 Durante la Gran Depresión, la crisis llevó a muchos países a abandonar de nuevo el patrón oro para poder imprimir dinero y “estimular” la economía. Reino Unido lo abandonó en 1931, EE. UU. en 1933 inclusive  prohibió a los ciudadanos poseer oro y obligó a venderlo al Estado. En México, con la nacionalización de sectores estratégicos y la consolidación del Estado posrevolucionario, el peso quedó más vinculado a reservas internacionales y a acuerdos con EE. UU. que al metal físico.

En 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, se reunió la conferencia de Bretton Woods en EE. UU. (con participación de casi toda Europa y aliados), donde se “creó” o acordó  un sistema mixto:  El dólar estadounidense se fijó al oro a razón de 35 dólares por onza y todas las demás monedas se fijaron al dólar, pero con bandas de fluctuación controladas.

EE. UU. se convirtió en ese momento en el “banco central del mundo”: otros países no podían convertir directamente su moneda en oro, pero sí podían cambiar sus dólares por oro. Esto dio al dólar el papel de moneda de reserva mundial.

En México, por otro lado, durante el llamado “Desarrollo Estabilizador” (1940–1970), el país tuvo crecimiento sostenido con baja inflación. El peso se mantuvo fijo en 12.50 por dólar durante más de dos décadas. Esto fue posible porque el sistema de Bretton Woods garantizaba cierta estabilidad (dólar–oro) y porque México controlaba el tipo de cambio con disciplina fiscal relativa.

Durante los años 60, EE. UU. comenzó a imprimir más dólares de los que podía respaldar con oro (para financiar la guerra de Vietnam y programas sociales como la “Great Society”). Europa y sobre todo Francia (Charles de Gaulle) empezaron a exigir la conversión de sus dólares a oro. 

En 1971, el presidente Richard Nixon anunció la suspensión unilateral de la convertibilidad del dólar en oro (“Nixon Shock”), eso significó: el dólar ya no estaba respaldado por nada más que la confianza en el gobierno de EE. UU. El mundo entero tuvo que adaptarse, porque el sistema financiero estaba ya dolarizado. Para México significó que la base de su estabilidad (peso anclado al dólar, y el dólar al oro) desaparecía. Aun así, el gobierno mexicano trató de sostener el tipo de cambio fijo de 12.50, pero el sistema ya no tenía ancla real.

En 1973 se abandonaron definitivamente los tipos de cambio fijos: las monedas comenzaron a fluctuar en mercados internacionales. En los años siguientes, EE. UU. firmó acuerdos con Arabia Saudita y otros países de la OPEP para que el petróleo se vendiera exclusivamente en dólares: nació el petrodólar. Eso reforzó la demanda mundial de dólares aunque ya no tuviera respaldo en oro. Europa respondió creando el ECU y luego el euro como alternativa, pero también basado en fiat.

Para 1976 vemos la primera gran devaluación del peso mexicano en más de 20 años (de 12.50 a ~20). Fue un golpe simbólico: se rompió la ilusión de estabilidad. Entre los años 70–80: los gobiernos recurrieron a deuda externa para financiar gasto público, aprovechando la abundancia de créditos internacionales (petrodólares). 

Con la caída del precio del petróleo en 1981 y la sobrecarga de deuda, estalló la crisis de 1982: México declaró moratoria de su deuda externa y el peso se devaluó de forma brutal. Los 80 fueron la “década perdida”: inflación alta (hasta tres dígitos), salarios reales en caída, y el peso perdiendo valor constantemente. Se introdujo el “nuevo peso” en 1993, quitándole tres ceros a la moneda. El sistema ya era totalmente fiat, dependiente de la política monetaria del Banco de México, que se volvió autónomo en 1994 para intentar dar estabilidad.

Con la autonomía del Banxico y el TLCAN, México adoptó un esquema de inflation targeting y tipo de cambio flexible. El peso se convirtió en una de las monedas más volátiles del mundo emergente, pero también en un laboratorio de disciplina monetaria.  Hoy todo el sistema descansa en confianza y credibilidad, no en respaldo físico. La inflación se mantiene relativamente baja comparada con los 80–90, pero el poder adquisitivo nunca regresó a los niveles de mediados del siglo XX.

Hoy, las deudas se multiplican eternamente. En México, el costo financiero de la deuda pública representa alrededor del 12% del presupuesto federal en 2025, con un aumento real del 10.8% en el primer semestre respecto al año anterior.  La inflación, de alrededor del 4% anual en 2025 (con variaciones mensuales como el 0.27% en julio), erosiona el valor del esfuerzo, especialmente en alimentos.

El trabajo se diluye entre automatización y precariedad: más del 54.8% de los empleos son informales en agosto de 2025 (INEGI). Y con tanta regulación, control de salarios e impuestos adicionales, todo apunta a que esta cifra solo aumentará. Paradójicamente, la humanidad produce “más” con “menos”, pero en la vida cotidiana no lo vemos reflejado en nuestras mesas ni en nuestras cuentas de ahorro.

El “libre mercado” solo existe de forma teórica, una criatura mitológica: administración centralizada de precios, rescates selectivos, monopolios disfrazados de innovación. El gobierno solo tiene ojos para las megacorporaciones transnacionales, con las que pacta acuerdos y leyes que benefician a las élites del poder y a sus grupos aliados. 

En 2025, las megacorporaciones —abstraídas de la realidad física y humana— controlan sectores enteros de la economía mundial, subsidiadas por gobiernos con billones, mientras el ciudadano vive la ilusión de competencia, anclado en la dependencia económica. Es como creer que un pez puede competir contra un buque pesquero.

Y no quiero tampoco ser malinterpretado como anticapitalista… para empezar creo que esta palabra “capitalismo” es otra de esas palabras comodín que fácilmente se usan para describir cosas abismalmente diferentes y su definición se vuelve difusa y cargada de significados poco descriptivos de la realidad y mucho más interpretativos o cargados moralmente desde un inicio. Esto no sirve y es por ello que prefiero hablar de libre mercado y propiedad privada en vez de usar una palabra que, casi me atrevo a pensar, fue popularizada más por los anti-capitalistas (probablemente el marxismo es el principal responsable) que por los mismos capitalistas. En el paisaje político contemporáneo la palabra “neoliberal” también resuena como una especie de insulto que ha perdido por completo su sentido original; pero que sería bueno tratar de entender antes de cargarle toda la responsabilidad por todos los problemas del país.


México: el espejo de humo

En este panorama, México es un espejo de humo.

En el contexto de la cultura mexica, el “espejo humeante” es un símbolo asociado al dios Tezcatlipoca, cuyo nombre en náhuatl significa literalmente “espejo negro” o “espejo humeante” (tezcatl = espejo; poctli = humo). Este espejo, a menudo representado con obsidiana negra, simboliza la superficie de la tierra y la capacidad de revelar los pensamientos y deseos humanos, así como el lado oscuro de la naturaleza humana. En algunos mitos, el espejo sustituye al pie amputado de Tezcatlipoca, y su imagen está ligada a la fecundidad de la tierra y a la relación entre guerra, muerte y vida.

A la corrupción histórica que vive nuestro país se suma la violencia del “narco” o “crimen organizado”. Se estima que desde 2006, la llamada “guerra contra el narco” ha dejado más de 450,000 homicidios y más de 133,000 desaparecidos (según cifras conservadoras de la ONU y del Registro Nacional; grupos independientes aseguran que las cifras reales podrían ser mucho más altas).

Lo que algunos periodistas llaman “narco-estado” describe un país donde la autoridad y el crimen organizado se fortalecen mutuamente, diluyendo sus fronteras. Las noticias se repiten infinitamente hasta el aburrimiento: la muerte, la extorsión, las narcomantas y las balaceras ya no son noticia. La tragedia y la barbarie son rutina, hasta el punto en que ni se habla de ello, o se maquilla y se vende bajo otros nombres. La catástrofe real no es solo la violencia, sino la anestesia: vivir como si nada.

Encuestas como Latinobarómetro muestran una baja confianza en las instituciones (solo el 30% en partidos políticos) y más del 50% evita hablar de política por miedo a represalias o polarización.
La muerte y la corrupción se integran al paisaje. Mientras tanto, cerca del 40% de la población vulnerable depende de programas sociales (CONEVAL, 2023–2024), reflejando no solo pobreza, sino un Estado omnipresente en el discurso, pero ausente en la realidad cotidiana.

Un Estado que no se avergüenza de su capacidad de censurar, maquillar datos y presentar información selectiva, sesgada o cargada de palabras vacías, de las que ya hablamos.  Más preocupado por las apariencias y opiniones que por la realidad, la verdad y la justicia. Que crece sin vergüenza, consumiendo el poco capital que se genera en el país con gran esfuerzo por parte de millones de mexicanos en cuyas espaldas se sostiene este monstruo que “emplea” a casi seis millones de personas (considerando todos los niveles federales y municipales) entre funcionarios, burócratas, servidores, empresas públicas y en seguridad social, sin tocar contratistas ni economías orbitantes (podemos estimar entre 31 y 43 millones de personas cuya vida económica depende en alguna medida del Estado mexicano si incluimos empleos directos e indirectos y programas sociales). 

Lo que sostiene al país es su gente, con su carácter de perseverancia y cooperación que parece espontánea: familias buscando sustento, vecinos resolviendo en conjunto, ciudadanos organizándose en el caos, con o sin la presencia de la autoridad.

 El gobierno intenta sustituir figuras sociales básicas, pero las fracturas persisten y, a pesar de todo, las cosas siguen funcionando. Tenemos —no siempre, pero la mayor parte del tiempo— acceso a recursos básicos y a ciertos “lujos” que muchas veces son soportados por la misma industria bancaria y de crédito que empuja la generación de prosperidad simulada.

A nivel social, la desarticulación de estas estructuras básicas —principalmente la familia, la comunidad, la confianza intergeneracional y en las instituciones— avanza, mientras las ideologías más populares se enfocan en amplificar divisiones: polarización política, de género, generacional, de clase y hasta de color de piel. Los mismos vínculos íntimos se ponen en juego. Las grandes ciudades continúan creciendo y sustituyendo nuestro entendimiento de una comunidad donde conoces tus vecinos y confías en ellos. La alienación en la que viven las personas en estas mega ciudades superconcentradas, es palpable incluso a la distancia.

Vimos cómo con la pandemia ciertas zonas del país se llenaron de “nomadas” digitales; y este fenómeno parece haber aumentado con el tiempo, generando tensiones en ciertas zonas donde los habitantes comienzan a sentir resentimiento hacia los migrantes digitales que traen consigo no solo una cultura e idiomas diferentes, sino que también una diferencia socio económica que convierte barrios populares en zonas exclusivas donde se da preferencia al dólar y  no es más raro escuchar español que inglés. 


Conveniencia: el dulce veneno sedante (y el papel de la tecnología)

Huxley entendió bien que el control podía ser voluntario, y hoy vemos esas manifestaciones con claridad.
La raíz está en la obsesión por la conveniencia —otra forma en la que se abusa de nuestra naturaleza humana—: lo que ahorra tiempo, evita esfuerzo, multiplica la productividad sin invertir más, promete inmediatez y recompensa fácil.

Superficialidad y sobreestimulación. El secuestro de nuestros propios sistemas bioquímicos.
Multiplicado socialmente, cuesta caro… y no tenemos cómo pagar la deuda.

El lenguaje se vacía al repetir consignas y memorizar rutas en vez de entender ideas, pensar y reflexionar.
¿Para qué aprender si existen Google y ChatGPT?

La tecnología —que nos prometía unión, cercanía y cooperación— ahora parece servir para incrementar la polarización, reforzar trincheras y cámaras de eco, aislándonos cada día más, radicalizados y sin propósito.

Abusan de nuestra naturaleza humana, predispuesta a poner atención en lo peligroso, y empujan contenido que refuerza nuestras visiones con tal de ganar clics, sin importar las consecuencias de propagar miedo, desconfianza, culpa, prejuicio y odio.

Herramientas poderosas, que en teoría servirían para crear y organizarnos, son utilizadas para destruirnos moralmente. Dispositivos futuristas contrastan con un control y una violencia primitivos.
Vivimos una distopía disfrazada de utopía futurista.

La economía parece más un simulacro que una realidad: se imprime dinero antes que enfrentar los límites naturales.
Sacrificamos la formación de una familia por alcanzar una “carrera profesional”, o peor aún, por la apariencia de una “figura pública”: pensar en el perfil social antes que en las consecuencias reales de nuestras acciones o inacciones.

Las redes sociales se comportan como redes de pesca: nos atrapan como peces y terminan por aislarnos en ecos de discursos y posturas familiares, listos para ser empacados.
En vez de la fricción de la discrepancia, la verdadera diversidad y la crítica real, nos entregamos a la comodidad de lo familiar.

Cedimos valores, dinero, esfuerzo, instituciones y vínculos por lo inmediato. Resistir lo difícil —el trabajo real, la disciplina, la comunidad— parece menos atractivo.
Pero la conveniencia cobra con dependencia y autoritarismo, fragilidad y pérdida de sentido.

Siglos de religión ofrecieron una moral trascendente a través del sacrificio individual, de la promoción de las virtudes y del rechazo de los vicios.
Hoy, cuando las utopías racionales y los castillos de aire comienzan a caer, la naturaleza nos recuerda —como en Jurassic Park de Michael Crichton (o en la película, si no eres tan ñoño)— que no tenemos el control, y que ella siempre “encuentra un camino”.

Ese camino parece ser justamente esas grietas que se abren en nuestra sociedad: los espacios por donde la vida y la verdad todavía empujan para abrirse paso.

En sus inicios, tras la introducción inicial de la tecnología del internet en la población civil, el mundo digital parecía ser un nuevo horizonte inexplorado, listo para ser explorado y explotado. Listas de sitios web clasificados por categorías eran lo más cercano a un motor de búsqueda como Google. Se comienzan a ver foros y secciones de comentarios que permitían un nivel de interacción nunca antes visto y muy diferente a la radio, la televisión o incluso el periódico o la correspondencia. Ahora los e-mails prometían ahorrarnos horas o días que debíamos esperar para poder obtener noticias importantes. Aunque existían algunos sitios que buscaban ser una especie de página de inicio, el resto de la web era un territorio salvaje y muy poco regulado o controlado.

Eventualmente las demandas comenzaron a caer sobre usuarios de sitios web, sus webmasters, las compañía dueña del sitio web y hasta los data centers que brindaban los servidores. Y ante esto, los términos y condiciones comenzaron a cambiar. Los gobiernos comenzaron a poner mayores regulaciones y los grandes medios de comunicación corporativos comenzaron a buscar formas de recuperar un mercado que encontraba en el internet, una forma de obtener información muy diferente, aparentemente sin filtros, desde el origen y mucho más auténtica que la proveída por los noticieros. Una sola persona era capaz de crear un programa de radio de bajo presupuesto y alcanzar la misma cantidad de escuchas o hasta más, que los medios de comunicación más grandes… Y obviamente esta diversidad de opiniones también era materia fértil para teorías de conspiración y a un excedente de información que fácilmente pasaba a ser ruido.

Aunque fue un proceso bastante orgánico y escalonado, con la integración de cierto tipo de sitios web que comenzaban a retener al usuario y buscaban centralizar diversos servicios y funciones, antes ofertados por diferentes empresas pero ahora cómodamente empaquetados en algo atractivo, práctico y hasta adictivo: Las redes sociales llegaron para transformar el modo en el cual las personas interactúan con el internet. Y bajo estas plataformas privativas, controladas por intereses de terceros, el control de la información comenzó a ser algo mucho más fácil para ciertos gobiernos y grupos de poder. Observamos como muchos medios nuevos e independientes rápidamente fueron desplazados y sustituidos nuevamente por  estos medios masivos de comunicación corporativos que estaban siendo desplazados. 

Durante el 2020, el revuelo internacional provocado por la aparición del Covid19 puso a prueba la capacidad de control de la información que llevaba años cocinándose entre el big tech, algunos gobiernos y mega corporaciones poderosas. Una enfermedad, que si bien, delicada, no exactamente un virus del fin del mundo como algunos lo veían, llevó a tomar medidas que para muchos de nosotros parecían inimaginables o limitadas a libros y películas de ciencia ficción. Políticos y “expertos” decidieron qué tipo de industrias, negocios y trabajos eran “esenciales”, se empujó una fuerte campaña de censura contra voces en oposición o hasta con simples dudas o cuestionamientos muy pertinentes; lo importante era no dar más ideas, no generar “miedo” o “desconfianza”. Cientos de personas perdieron sus carreras y plataformas y muchos fueron tachados de “anti-ciencia”, simplemente por no acatar discursos o políticas “oficiales”. Y las redes sociales eran quienes tenían el control sobre los usuarios y quienes empujaban el contenido corporativo, cuidadosamente seleccionado y esterilizado.

Ya desde antes de la pandemia, otro fenómeno comenzaba a gestarse en este entorno de flujos de información controlados por algoritmos y grupos de poder. No es un fenómeno nuevo, que el tipo de contenido con el cual interactuamos más y al que le prestamos más atención tiende a ser el más polémico, escandaloso y provocador. Somos esclavos de nuestra naturaleza humana, que tiene sus bases en la naturaleza animal, donde el riesgo y el peligro deben ser prioridad si te interesa la supervivencia. Uno no puede ponerse a dudar si la figura que ve entre la maleza es un gran felino o una ilusión óptica, el cerebro está diseñado para activar los mecanismo de atención al peligro y actuar de acuerdo a ellos.  En nuestra sociedad urbanizada, que muy pocas veces se enfrenta a este tipo y nivel de riesgos y peligros naturales, nuestro cerebro igual los sigue buscando y los encuentra justamente en situaciones sociales, políticas, personales y laborales, las noticias o ideas, en especial las negativas o amenazantes se convierten en los nuevos tigres entre la maleza que nos roban la atención y los algoritmos lo notan y lo saben.

Nuestra naturaleza de conflicto y de busca entender la realidad desde una perspectiva de amigo y enemigo también se suma a esta ecuación y vemos el origen o la evolución, de la polarización política que hoy vemos sumamente acentuada y establecida en nuestra cultura. En especial en lugares como en Estados Unidos y en Europa, empezamos a ver una clara distinción y polarización política y social que atraviesa todo tipo de estratos y vínculos sociales, desde relaciones laborales y comunitarias, como en las mismas familias. Hermanos o padres e hijos  que dejan de hablar por diferencias políticas. La propagación de estereotipos negativos en ambos lados y el uso de este mismo neo-lenguaje comodín neblinozo para describir faccinoes como “izquerda”, “derecha”, “conservador”, “liberal”, “socialsita”, “capitalista”, “anarquista”, “liberal”, “democrático”, “fascista”, “progresista”, “feminista”, “colonial”, “comunista”, “woke”, “racista”, “machista”, “libertario”, “autoritarista”, “boomer”… palabras que se usan para comunicar emociones y prejuicios antes que de verdad buscar una mejor comunicación o un entendimiento de la postura diferente, muchas veces, ni siquiera opuesta en realidad, pero estamos tan cegados ideológicamente, que es casi imposible escapar de esta dualidad política que empuja hacia los extremos. 

Hoy en México el gobierno está empujando leyes que buscan censurar incluso los memes y chistes que circulan en redes sociales y empujando ideas ridículas que vinculan cosas como el uso de videojuegos con la violencia que vive el país; omitiendo desde luego la responsabilidad directa del mismo gobierno en el problema, que supera por mucho a la que algo como un videojuego pudiera tener. Si bien es cierto que cosas como por ejemplo la narco-cultura en efecto también se han propagado de forma impresionante y son sumamente populares, el intentar censurar este tipo de expresiones históricamente tiende a requerir medidas cada vez más autoritarias y a un estado de hipervigilancia donde la libertad de expresión es inexistente. Muy similar a cierta historia que ya tocamos varias veces.  

Otro tema de gran importancia que deliberadamente no abordaré aquí, es el impacto de los smartphones y cómo estos han sustituido a las computadoras personales, mientras que el internet libre y abierto ha sido sustituido por las redes sociales y ahora se suman las LLMs… Y cómo estas tecnologías transforman nuestras mentes y afecta en particular a ciertas poblaciones vulnerables, como las adolescentes, de manera particularmente efectiva.  Abordaremos estos temas a mayor profundidad en otro ensayo. 


Pensar como resistencia

Mi inquietud no solo comprende el sistema roto, sino su normalización y aceptación como fenómeno inevitable y permanente. El hecho de que muchas personas aplaudan y acepten la mentira, la manipulación y el autoritarismo como el mejor camino posible.Hemos aceptado la simulación —o, al menos, una gran parte parece haberlo hecho—. Me recuerda a cierta frase asociada a Solzhenitsyn (creo que la autora original era una prisionera que Alexander entrevistó) que dice “Mienten, y saben que nosotros sabemos que ellos mienten, y a pesar de todo, siguen mintiendo y seguimos escuchando sus mentiras”. 

Y entonces surgen las preguntas: ¿Qué podemos hacer? ¿Estamos en manos de fuerzas poderosas y oscuras? ¿O la naturaleza simplemente retomará su curso eventualmente? ¿Qué puede hacer uno, como individuo o comunidad, cuando muchas de estas cosas están fuera de nuestro control? ¿Cuál es el punto de todo esto? ¿quejarse? ¿Criticar? ¿Es esto en verdad reflexión y meditación? ¿una invitación?

Personalmente, no creo en la revolución a través de mecanismos democráticos, y mucho menos en el uso de la fuerza o la violencia como caminos de transformación positiva. He adoptado una filosofía de vida que no se enfoca en atender lo que está más allá de mis posibilidades y no creo en derribarlo todo para construirlo de nuevo  —si acaso, creo que eso está en manos y fuerzas mucho más poderosas que las humanas, y creo que los cimientos de civilización son mucho más profundos y resistentes de lo que muchos piensan—, sino más bien, pienso que a través del crecimiento y desarrollo individual: en dar sentido al presente desde una perspectiva realista y aterrizada; podemos encontrar nuevas formas de habitar la realidad; pues al final se trata de algo tan simple y mismo tiempo complejo como ¿Cómo existir plenamente en nuestros tiempos?

¿Cómo pensar, hablar y vivir donde lo sólido se disuelve y las palabras traicionan si no se usan de la forma “adecuada”? Comenzar a hacer cambios en uno mismo y en su entorno puede ser una forma humilde pero realista de persistir. Y la salida no es inmediata. Pero un buen inicio podría ser intentar recuperar el lenguaje (y el pensamiento, por consecuencia) como forma de resistencia: decir las cosas por su nombre, nombrar lo que parece innombrable, ver lo oculto, el código en la Matrix.

Reconocer la violencia submedida, la dependencia económica incuestionada y la soledad tras las pantallas son solo unos primeros pasos, pero pasos necesarios para llenar las grietas.

Nos queda muchísimo por pensar y por nombrar correctamente. Y creo que es un viaje que apenas estamos comenzando como sociedad. Yo en lo personal voy a tratar de expresar mis ideas en este mismo “canal” y veremos si el internet opina diferente, concuerda o simplemente mis ideas crudas y sin “pulir” lo suficiente para “audiencias en general”  se perderán entre el torrente de información de fácil consumo.

Por mucho tiempo confiamos, como sociedad, en que la ciencia, la razón y el poder podrían responder a todas nuestras preguntas y necesidades, mejor incluso que la religión, la espiritualidad o la filosofía. Pero parece que estábamos equivocados, y que ahora debemos ponernos al corriente. Vivimos en una simulación social —no tecnológica, sino psicológica y económica— sostenida por el lenguaje, la conveniencia y la coerción. Ciertos grupos de poder creen controlar la realidad, degradando el significado de las palabras y condicionando nuestros deseos. Resistir consiste en recuperar el pensamiento crítico y la acción consciente a nivel individual y comunitario.

Nuevamente nos encontramos en un momento histórico donde pensar se ha vuelto una necesidad existencial. Sostener preguntas más que respuestas, rechazar el simulacro como único horizonte, y recordar que aún es posible imaginar —y construir— otra forma de vivir y existir. Porque la realidad todavía existe. Y la naturaleza reina suprema, hasta donde podemos observar.

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